Relatos cortos

Micro-relato ganador día del libro 2020

Hacía días que no veían a ningún adulto, habían desaparecido como por arte de magia. Reunió a sus amigos y pronto descubrieron el lugar donde todo sucedía. Justo entonces, el último grupo de adultos entraba en el túnel y se evaporaba, dejando tras de sí un sucio rastro de agua.

Te quiero, te extraño.

Hace tiempo que, por mucho que me esfuerce, no logro conectar con tus emociones. Esa forma vaga de contemplar el horizonte, como si siguieras con interés una escena lejana e invisible a ojos indiscretos; esa tristeza arraigada en tu alma que brota a través de tu mirada perdida; ese silencio impuesto que pide a gritos una escapatoria… Entonces, me miras y por un instante me parece ver un destello de conciencia en tus ojos, unos segundos efímeros en los que me reconoces y sonríes haciendo que mi corazón se salte un latido. El impar, justo ese, con el que comenzó mi existencia dentro de tu vientre. Quiero creer que puedo acompañarte, llevarte de la mano hasta encontrar ese enrevesado escondrijo en el que habitan tus recuerdos. Esos que un día compartiste conmigo y que espero guardes a buen recaudo para siempre, cuando llegue el momento en que también se te olvide cómo despertar. —A mi madre —.

 

Nada cambiará.

Inmediatamente pedí que cerraran la tapa del ataúd. Debía contener el arroyo de júbilo que fluía por mis entrañas y contemplar su cadáver no me ayudaba a mantener las apariencias. Cerré los ojos y pronto me golpearon las imágenes que durante años perturbaron mis sueños. Él, abriendo la puerta de mi habitación a media noche y acercándose sigiloso con sonrisa lasciva mientras yo temblaba de pavor bajo las sábanas. Creía que a partir de entonces todo iba a cambiar, pero mientras lo perdía de vista para siempre, mi alma hecha jirones me susurraba que estaba muy equivocada. Había conseguido vencer a un monstruo de carne y hueso, pero su fantasma seguiría visitándome cada noche en mis peores pesadillas. Esa dantesca idea impactó directamente contra mis pensamientos, agitando y encrespando aquel torrente de alegría que me recorría y transformándolo en un mar de gotas salobres que acabaron desbordándose y resbalando por mis mejillas.

Pobrecilla —me consolaron—, es muy duro perder a un padre.

 

Sonrisas

Era la mejor sensación del mundo. Reírse a carcajadas frente a un álbum de fotos recordando escenas de toda una vida juntos y, a mitad de risa, ser consciente de lo mucho que seguía disfrutando de su compañía.El sonido del timbre les interrumpió y ella aún sonreía cuando abrió la puerta. Era la muerte, que con su habitual sonrisa cadavérica le dijo:
— Esta noche me llevaré a uno de los dos. Debes elegir.
— Que sea a él —dijo decidida, y a continuación cerró la puerta asustada.
Los dos continuaron riendo y ella le ofreció la más sincera y tierna de todas sus sonrisas.

 

Maquillando recuerdos 

A través del sucio ventanal seguí observando a hurtadillas cómo el hombre comenzaba a retirar con sumo cuidado el maquillaje que tanto tiempo había empleado en pintar y retocar. El blanco que hasta ese momento cubría su cara, ya sucio por la mezcla de colores, iba desapareciendo para revelar lo que había al otro lado: un rostro triste y ajado con una frente surcada por un millar de arrugas. Sus ojos se perdían en el lento y metódico proceso ante el espejo. Se detuvo unos instantes, como si algún recuerdo hubiese asaltado sus pensamientos y su mente volara lejos de aquel destartalado lugar. Entonces su boca se estremeció ligeramente y sonrió. Pero era una sonrisa triste y me pareció ver cómo una lágrima resbalaba por sus mejillas hasta perderse entre sus labios. Cuando me fui de allí, la melancolía había inundado hasta el último poro de mi piel. No pude evitar volverme y echar un último vistazo al ruinoso edificio que un día albergó el teatro más importante de la ciudad. Un gran cartel con la palabra “Cerrado” colgaba ladeado de la puerta principal.

 

Intercambio de corazones

Camino deprisa, emocionado por volver a verla. A cada paso tengo que hacer esfuerzos para no caerme y desenredar mis pies que, con los nervios, parecen haberse convertido en un par de hilos de marioneta que alguien zarandea y vuelve a enredar caprichosamente. Esta vez no habrá trabas ni excusas piadosas. Esta vez, su corazón me pertenecerá para siempre. No, no podrá volver a rechazarme, de eso estoy seguro. El hombre que enturbiaba sus pensamientos y no la dejaba pensar con claridad ya no existe. Lo que queda de él yace en el fondo del mar, en una maleta con una buena cerradura, donde nadie podrá encontrarlo. Y aquí le traigo una muestra, un obsequio que logrará que ella me ame definitivamente: su corazón.

 

El momento en que todo cambió

Sólo sé que no puedo seguir así, como una muerta en vida, encerrada entre estas cuatro paredes que me protegen pero que, al mismo tiempo, me alejan cada vez más de la realidad. A través del cristal de mi ventana, veo pasar el tiempo ahí afuera y me doy cuenta de que le mundo sigue girando sin mí. Las parejas caminando por el parque de la mano o dando paseos por el lago en las canoas que instalaron el verano pasado, los niños jugando y riendo, disfrutando del buen tiempo y de la vida. Y yo sigo aquí encerrada, esperando un milagro. Quizá algún día un valeroso caballero trepe hasta esta torre para salvar a su dama. Pero cada vez que dejo volar mi imaginación, el caballero se vuelve humo bajo su armadura y se transforma en una oscura sombra que viene a por mí. Porque hace tiempo que tengo claro que sólo la muerte podrá sacarme de este encierro. Quisiera poder invertir el sentido de las agujas del reloj y comenzar a retroceder en el tiempo hasta aquel día. El día cero. Cambiaría muchas cosas de aquel día. Para empezar, no discutiría con mi madre por una tontería que ya ni siquiera recuerdo. Tampoco saldría de casa con la mente enajenada y llena de odio, convencida de que era un bicho raro al que nadie entendía. No se me ocurriría, ni por asomo, volver a quedarme sola en aquella discoteca, bebiendo hasta casi perder el sentido. Y por supuesto, jamás me subiría a aquel coche…

 

Ahora sé que es aquí donde quiero estar

Cuando me decidí a aceptar este trabajo, no imaginé que pudiera ser el último. Más de una vez me habían asignado misiones complicadas, incluso en un par de ocasiones estuve a punto de perder la vida cuando aún era joven y la adrenalina y el alcohol corrían por mis venas casi en la misma proporción. Me creía invencible y aquellos peligrosos juegos de espías me hacían sentir vivo. Hasta que, por mi culpa, murió aquel niño de cara sucia y ojos asustados y la realidad me abofeteó sin piedad alguna. Decidí dejarlo todo y acabe convertido en un vulgar hombre de negocios de gris apariencia y mirada perdida. Durante mucho tiempo me limité a existir, acumulando días vacíos a mis espaldas, como un castor que va amontonando árboles muertos para formar un dique que transforme las aguas turbulentas en un remanso que le sirva de hogar. Pero no funcionó. Añoraba tanto el pasado que no pude encontrar mi lugar en el presente y lo que me esperaba no parecía mucho más prometedor. Así que, en cuanto tuve la ocasión, no tardé en volver a la acción. Pero la vida tiene formas curiosas de demostrarte que no eres más que una mota de polvo en un mundo sucio y polvoriento, que puede sacudirte de un plumazo en cualquier momento. Y eso es lo que ha ocurrido. Mientras espero la muerte, tirado en el suelo con un tiro en la cabeza, escenas de mi vida han recorrido mis pensamientos a un ritmo vertiginoso. No todo fue tan bien como esperaba, cometí muchos errores que ya no podré enmendar. Quizá en otra vida, en otro lugar… Recibo la oscuridad embargado por una increíble sensación de bienestar. Ahora sé que es aquí donde quiero estar y esbozo una última sonrisa antes de desvanecerme.

 

El vagón del destino. 

Mi abuelo solía decirme que, llegado el momento, sabría elegir el tren que me llevaría al destino que me había tocado vivir. Y tenía razón, solo que mi tren es especial porque se ha convertido en el metro que cojo a diario para coincidir con ella. La encontré por casualidad y ahora la contemplo cada día, ensimismada en su lectura y ajena a mi existencia. Una vez más, me armo de coraje para acercarme y decirle algo. Pero, como si mis sentidos conspirasen en mi contra, enmudezco en cuanto nuestras miradas se encuentran. ¡Se parece tanto a su madre! Quizá mañana reúna el valor para explicarle quién soy… cuando haya recuperado la voz.

 

Una broma de mal gusto.

La chica colocó su móvil sobre el capó del coche, poniéndolo a mi disposición. “Puedes comprobarlo por ti mismo” -me dijo-. “No hay ninguna llamada en las últimas cinco horas”. Efectivamente comprobé que así era, aunque podría haberlo manipulado. De cualquier forma, mi intuición me decía que no había sido ella la que me había gastado la broma. Vestía ropa deportiva y, salvo porque no me parecía el lugar más adecuado para hacer deporte, por lo demás parecía normal. Me dijo que estaba entrenando para una maratón y que debía continuar corriendo, y yo la creí. La llamada que había recibido era una grabación de voz en la que una mujer pedía ayuda entre sollozos. Su tono era tan desesperado que en ningún momento pensé que no fuera real. Con voz entrecortada, indicaba el lugar en el que la tenían retenida a la fuerza: una vieja casa rural abandonada, situada en el camino que conduce hasta el lago, lejos de cualquier lugar habitado. Intenté devolver la llamada, pero el teléfono estaba desconectado. Al llegar, salí del coche para inspeccionar el lugar. Allí no había nadie. Estaba a punto de marcharme cuando la chica del maratón salió de la nada. Cuando se marchó, eché un último vistazo a la casa y arranqué el coche para volver sobre mis pasos. Alguien me había gastado una broma pesada y yo me lo había tragado como un tonto.

Al llegar al siguiente pueblo, vi un grupo de gente organizándose alrededor de un hombre que les gritaba instrucciones a través de un megáfono. Me acerqué y descubrí que iban a hacer una batida por el bosque para intentar encontrar a una joven que había desaparecido. Un frío húmedo recorrió mi columna vertebral y, por un instante me quedé paralizado, bloqueando con mi vehículo la calle principal. Tardé un rato en reaccionar hasta que por fin me bajé y le conté lo que me había ocurrido a un agente de policía. Volvimos a la casa de campo, pero allí no había nadie. Tampoco había ninguna señal que indicara que lo hubiera habido durante mucho tiempo.

Después de una larga e infructuosa búsqueda, volví a casa, cansado y derrotado, para descansar un poco antes de continuar el rastreo al día siguiente. Aparqué el coche en el garaje y abrí el maletero para coger mis cosas. El corazón se me paró durante un instante. Dentro había una chica maniatada, con una mordaza en la boca. La toqué. Estaba fría como un témpano de hielo.

 

Viajando hacia un futuro mejor.

Sentado en el banco, veo pasar un metro tras otro, todos repletos de personas estresadas que llegan tarde al trabajo y pasan por la vida sin detenerse a vivirla. Yo era uno de ellos hasta que en el banco decidieron que ya estaba mayor para conservar mi puesto. Ahora vengo aquí cada mañana para fingir que nada ha cambiado y vivir una vida que ya no me corresponde. Subo al metro y mi silueta trajeada se confunde entre la multitud, sintiéndome de nuevo como uno de esos incautos somnolientos que se apretujan en los vagones, soñando con un futuro mejor.

 

Hoy no habrá clase.

Finalista XII Certamen Internacional de Relato Breve sobre Vida Universitaria, Universidad de Córdoba

Como cada mañana, acudo a la universidad caminando en silencio, pero hoy intento por todos los medios dejar la mente en blanco. Escucho a través de mis auriculares a Freddy preguntándose quién quiere vivir para siempre. Tarareo el estribillo y me pregunto si yo quiero hacerlo. ¿De verdad me gustaría vivir para siempre? Despreocupado, observo mis manos y limpio un rastro de sangre que aún queda bajo una de mis uñas. Después, vuelvo a concentrarme en la canción y sigo caminando. Hoy tengo clase de Estadística a primera hora, pero no hay prisa, sé que no llegaré tarde a una clase que nadie va a impartir, porque ella, mi profesora, no se va a presentar.

Cuando es evidente que la clase se va a suspender y todo el mundo se extraña y se pregunta qué le habrá ocurrido a Marta, soy el primero que se muestra sorprendido, como si no supiera que está muerta.

La conocí en una de las salas de informática de la universidad, donde la confundí con una alumna más. Yo estaba en el último curso, era nuevo en la ciudad y aún no conocía a nadie, cosa que no me preocupaba porque nunca me ha interesado demasiado relacionarme con la gente. Enseguida me llamó la atención. Toda una belleza frente al ordenador, con el pelo rubio y liso desbordándose sobre sus hombros hasta la cintura. Leía algo atentamente en la pantalla y después aporreaba el teclado, enfadada. Me sorprendió mirándola un par de veces hasta que, ante mi cara de espanto, se levantó y se dirigió hacia mí. Me encogí todo lo que pude en la silla, notando cómo el rubor hacía hervir mis mejillas y tratando de concentrarme en mi monitor.

—Hola. ¿Podrías echarme una mano? —me preguntó señalando su ordenador, con esa sonrisa encantadora suya que mucho después seguiría derritiéndome—. Creo que he perdido todo lo que estaba haciendo.

—Claro —balbucí, y automáticamente se activó el tic que me hace parpadear sin control. Ella se dio cuenta y, aunque no dijo nada, su sonrisa se desvaneció por unos segundos.

He sido un crack de la informática desde que tengo uso de razón y no me costó solucionar su problema, aunque debo confesar que me entretuve un poco más de la cuenta premeditadamente. No estaba acostumbrado a que una chica como ella me hiciese caso y me gustaba esa sensación —Lo normal es que ni siquiera me vean, aunque pasen a mi lado. A veces me da la risa al pensar que debo poseer algún poder sobrenatural que me hace invisible y entonces se percatan de que estoy ahí y el susto que se llevan es tremendo, lo que me hace reír aún más y bueno… todas desaparecen en cuestión de segundos—. Ella no desapareció. Después de ayudarla, me propuso tomar algo en la cafetería y me pilló tan desprevenido que estuve a punto de decirle que no. Aún me pregunto qué es lo que ella vio en mí y por qué continuamos quedando después de aquel día. Marta resultó ser una chica encantadora, de la que, por supuesto, me enamoré perdidamente —o eso creo, porque nunca había sentido nada parecido por nadie—. El problema era que el sentimiento no era mutuo. Parecía disfrutar de mi compañía, incluso era ella la que me buscaba para charlar un rato, pero creo que sólo me veía como el amigo rarito al que acudir cuando no tenía nada más divertido que hacer. Yo era consciente, pero no me importaba con tal de tenerla cerca.

Cierto día la noté alterada y, tras insistir e intentar sonsacarle qué era lo que le preocupaba, finalmente me confesó que, desde hacía unos meses, alguien le estaba haciendo la vida imposible. No tenía ni idea de quién podría ser, pero el individuo en cuestión le enviaba mensajes —al principio eran obscenos y después amenazadores—, a través de las redes sociales. Incluso, había publicado fotografías suyas en anuncios en los que aparecía ofreciendo favores sexuales de manera gratuita.

—¡No lo soporto más! —dijo angustiada, sacudiendo la ceniza del cigarro con su mano temblorosa—, ayer encontré un papel debajo de mi puerta en el que explicaba cómo iba a matarme…

—Tranquilízate, seguramente se trate de una broma…

—¡No es ninguna broma! —exclamó alzando la voz más de lo normal.

Inmediatamente se contuvo, consciente de que estaba llamando la atención de los pocos clientes que había en la terraza de la cafetería—. Esto va en serio. Lo he denunciado pero la policía no puede hacer nada, no saben de quién puede tratarse. Retiran los anuncios y los vuelve a poner en otras webs. Se está volviendo cada vez más agresivo y ahora además… sabe dónde vivo. Tengo miedo.

—No te preocupes, te ayudaré —Traté de consolarla colocando mi mano sobre la suya. Ella la retiró instintivamente y yo me sentí avergonzado—. Empieza por contármelo todo desde el principio…

A partir de ese momento, comencé a investigar por mi cuenta. Con las pocas pistas que ella me pudo facilitar, logré acotar mis búsquedas hasta quedarme con un par de posibles sospechosos. Mientras tanto, el acoso continuaba. Entonces, empezó el segundo semestre y todo cambió. Ella pasó a ser mi profesora de Estadística y a tratarme como un alumno más. Yo me daba cuenta de que me esquivaba deliberadamente y, las pocas veces que volví a hablar a solas con ella, no quiso volver a tocar el tema del acoso. Ahora sé que probablemente había empezado a sospechar de mí. Su excusa era que no quería tener problemas en el trabajo y si se dirigía a mí en público, lo hacía de una forma tan fría que me helaba el corazón.

Ese debió de ser el problema, que mi corazón dejó de funcionar correctamente, porque empecé a hacer cosas que, ni aun viniendo de mí, podrían considerarse normales. Al principio la seguía cada día a escondidas hasta su casa —era una forma de asegurarme de que no le ocurriese nada—. Poco después eso ya no me bastaba, necesitaba más. Encontrar a su acosador se convirtió en mi obsesión y llegué incluso a colarme en su despacho y rebuscar en su bolso para cogerle las llaves y hacer una copia. Entré en su casa varias veces. Era como si una fuerza a la que no me podía resistir, me empujara a hacerlo. Una vez dentro, recorría lentamente cada estancia, acariciando los objetos que compartían con ella la vida cotidiana: el mueble de la entrada en el que debía dejar sus cosas al llegar; las plantas que, por su aspecto, debía cuidar con mimo; su ropa pulcramente ordenada dentro de los armarios… Incluso, en una ocasión, llegué a recostarme en su cama. Tuve que masturbarme allí mismo al sentir el olor de su cuerpo desnudo tan cerca del mío. Era como una droga. Cada vez quería más y cuanto más me arriesgaba, más me enganchaba. Hasta que, no sabría decir cómo, una noche me encontré en su dormitorio contemplándola mientras dormía. La luz que entraba por la ventana me permitía ver perfectamente su bello rostro y adivinar el perfil de su cuerpo bajo las sábanas. Me moría de ganas por acariciarla, pero no la toqué. Me limité a observarla como quien mira un tesoro inaccesible, aunque le hice varias fotografías. Al manipular el móvil, la luz de la pantalla debió de despertarla y cuando me descubrió allí, comenzó a gritar y a golpearme, totalmente histérica.

No sé lo que ocurrió a continuación. Sólo recuerdo encontrarme cubierto de sangre en el suelo de su dormitorio y ver su cuerpo inerte tendido a mi lado. Me conmocionó tanto lo que vi, que vomité hasta que no quedó ni una gota de ácido en mi estómago. Cuando me recuperé, cogí su cuerpo y lo llevé a la bañera. No podía parar de llorar mientras la bañaba y, con sumo cuidado, le retiraba la sangre que comenzaba a secarse en su rostro. Incluso muerta estaba preciosa. No tenía que haber pasado así. Si no me hubiese precipitado, algún día ella me hubiese amado. Lavé su pelo y se lo sequé con ternura. Después de vestirla, la recosté sobre las sábanas recién cambiadas. Me volví para mirarla por última vez antes de salir. Parecía dormida y su rostro irradiaba paz… hasta me pareció que me sonreía.

Hoy ha transcurrido como cualquier otro día, con la salvedad de que nos hemos saltado la clase de estadística, pero nadie le ha dado la mayor importancia. Ya en casa, imprimo las fotografías del móvil —llevan toda la mañana quemándome en el bolsillo—. Las coloco con chinchetas sobre el corcho, junto a otras imágenes de ella y unas notas amenazadoras de mi puño y letra. Lo cierto es que no recuerdo haberlas escrito y cuando intento hacer memoria, vuelve a aparecer ese horrible dolor de cabeza que me obliga a agazaparme a oscuras en un rincón, mientras una voz me repite que es hora de volver a cambiar de ciudad.

 

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