Relatos cortos

Sonrisas

Era la mejor sensación del mundo. Reírse a carcajadas frente a un álbum de fotos recordando escenas de toda una vida juntos y, a mitad de risa, ser consciente de lo mucho que seguía disfrutando de su compañía.El sonido del timbre les interrumpió y ella aún sonreía cuando abrió la puerta. Era la muerte, que con su habitual sonrisa cadavérica le dijo:
— Esta noche me llevaré a uno de los dos. Debes elegir.
— Que sea a él —dijo decidida, y a continuación cerró la puerta asustada.
Los dos continuaron riendo y ella le ofreció la más sincera y tierna de todas sus sonrisas.

 

Maquillando recuerdos 

A través del sucio ventanal seguí observando a hurtadillas cómo el hombre comenzaba a retirar con sumo cuidado el maquillaje que tanto tiempo había empleado en pintar y retocar. El blanco que hasta ese momento cubría su cara, ya sucio por la mezcla de colores, iba desapareciendo para revelar lo que había al otro lado: un rostro triste y ajado con una frente surcada por un millar de arrugas. Sus ojos se perdían en el lento y metódico proceso ante el espejo. Se detuvo unos instantes, como si algún recuerdo hubiese asaltado sus pensamientos y su mente volara lejos de aquel destartalado lugar. Entonces su boca se estremeció ligeramente y sonrió. Pero era una sonrisa triste y me pareció ver cómo una lágrima resbalaba por sus mejillas hasta perderse entre sus labios. Cuando me fui de allí, la melancolía había inundado hasta el último poro de mi piel. No pude evitar volverme y echar un último vistazo al ruinoso edificio que un día albergó el teatro más importante de la ciudad. Un gran cartel con la palabra “Cerrado” colgaba ladeado de la puerta principal.

 

Intercambio de corazones

Camino deprisa, emocionado por volver a verla. A cada paso tengo que hacer esfuerzos para no caerme y desenredar mis pies que, con los nervios, parecen haberse convertido en un par de hilos de marioneta que alguien zarandea y vuelve a enredar caprichosamente. Esta vez no habrá trabas ni excusas piadosas. Esta vez, su corazón me pertenecerá para siempre. No, no podrá volver a rechazarme, de eso estoy seguro. El hombre que enturbiaba sus pensamientos y no la dejaba pensar con claridad ya no existe. Lo que queda de él yace en el fondo del mar, en una maleta con una buena cerradura, donde nadie podrá encontrarlo. Y aquí le traigo una muestra, un obsequio que logrará que ella me ame definitivamente: su corazón.

 

El momento en que todo cambió

Sólo sé que no puedo seguir así, como una muerta en vida, encerrada entre estas cuatro paredes que me protegen pero que, al mismo tiempo, me alejan cada vez más de la realidad. A través del cristal de mi ventana, veo pasar el tiempo ahí afuera y me doy cuenta de que le mundo sigue girando sin mí. Las parejas caminando por el parque de la mano o dando paseos por el lago en las canoas que instalaron el verano pasado, los niños jugando y riendo, disfrutando del buen tiempo y de la vida. Y yo sigo aquí encerrada, esperando un milagro. Quizá algún día un valeroso caballero trepe hasta esta torre para salvar a su dama. Pero cada vez que dejo volar mi imaginación, el caballero se vuelve humo bajo su armadura y se transforma en una oscura sombra que viene a por mí. Porque hace tiempo que tengo claro que sólo la muerte podrá sacarme de este encierro. Quisiera poder invertir el sentido de las agujas del reloj y comenzar a retroceder en el tiempo hasta aquel día. El día cero. Cambiaría muchas cosas de aquel día. Para empezar, no discutiría con mi madre por una tontería que ya ni siquiera recuerdo. Tampoco saldría de casa con la mente enajenada y llena de odio, convencida de que era un bicho raro al que nadie entendía. No se me ocurriría, ni por asomo, volver a quedarme sola en aquella discoteca, bebiendo hasta casi perder el sentido. Y por supuesto, jamás me subiría a aquel coche…

 

Ahora sé que es aquí donde quiero estar

Cuando me decidí a aceptar este trabajo, no imaginé que pudiera ser el último. Más de una vez me habían asignado misiones complicadas, incluso en un par de ocasiones estuve a punto de perder la vida cuando aún era joven y la adrenalina y el alcohol corrían por mis venas casi en la misma proporción. Me creía invencible y aquellos peligrosos juegos de espías me hacían sentir vivo. Hasta que, por mi culpa, murió aquel niño de cara sucia y ojos asustados y la realidad me abofeteó sin piedad alguna. Decidí dejarlo todo y acabe convertido en un vulgar hombre de negocios de gris apariencia y mirada perdida. Durante mucho tiempo me limité a existir, acumulando días vacíos a mis espaldas, como un castor que va amontonando árboles muertos para formar un dique que transforme las aguas turbulentas en un remanso que le sirva de hogar. Pero no funcionó. Añoraba tanto el pasado que no pude encontrar mi lugar en el presente y lo que me esperaba no parecía mucho más prometedor. Así que, en cuanto tuve la ocasión, no tardé en volver a la acción. Pero la vida tiene formas curiosas de demostrarte que no eres más que una mota de polvo en un mundo sucio y polvoriento, que puede sacudirte de un plumazo en cualquier momento. Y eso es lo que ha ocurrido. Mientras espero la muerte, tirado en el suelo con un tiro en la cabeza, escenas de mi vida han recorrido mis pensamientos a un ritmo vertiginoso. No todo fue tan bien como esperaba, cometí muchos errores que ya no podré enmendar. Quizá en otra vida, en otro lugar… Recibo la oscuridad embargado por una increíble sensación de bienestar. Ahora sé que es aquí donde quiero estar y esbozo una última sonrisa antes de desvanecerme.

 

El vagón del destino. 

Mi abuelo solía decirme que, llegado el momento, sabría elegir el tren que me llevaría al destino que me había tocado vivir. Y tenía razón, solo que mi tren es especial porque se ha convertido en el metro que cojo a diario para coincidir con ella. La encontré por casualidad y ahora la contemplo cada día, ensimismada en su lectura y ajena a mi existencia. Una vez más, me armo de coraje para acercarme y decirle algo. Pero, como si mis sentidos conspirasen en mi contra, enmudezco en cuanto nuestras miradas se encuentran. ¡Se parece tanto a su madre! Quizá mañana reúna el valor para explicarle quién soy… cuando haya recuperado la voz.

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